LA HORROROSA MUERTE DE VOLTAIRE

LA HORROROSA MUERTE DE VOLTAIRE 

 

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El librepensador francés “Voltaire”, fue un encarnizado enemigo de la religión y de Jesucristo. Se ha dicho, incluso, que Jesús, después de Satanás, no ha tenido un enemigo más fiero que Voltaire, quien atacaba la fe en Dios a través de sus escritos llenos de soberbia materialista, de culto a la soberbia de la razón. Era tanta la aversión que sentía por la religión, que dio expresas instrucciones a sus “discípulos” de si estando en agonía pedía un sacerdote para confesarse, no se lo llevaran, ¡ya que seguramente sería producto de delirios febriles!

Así llegó el día de su muerte. En su agonía, comenzó a desesperarse frente a la posibilidad de la eterna condenación. De seguro intuyó que ese Dios a quien tanto atacó, le esperaba inmediatamente después de expirar para pedirle cuenta de su vida. Intuía que ante la omnipotencia, la inmensidad de la majestad de Dios, no le serviría la “razón pura” para justificar su mala vida y los escritos ateos y ofensivos con que lo había atacado y tratado de apartar a la gentes de la fe.

Se desesperó, comenzó a gruñir, a tirarse el pelo, a pedir un sacerdote para confesarse: “¡Confesión…¡¡confesión!!”. Pero sus seguidores, obedeciendo sus instrucciones previas, se pusieron de guardia en la puerta de su casa, para impedir que alguien le llevara un sacerdote que lo confesara y absolviera. Voltaire ya gritaba, se revolcaba en la cama, se rasguñaba la cara desesperado, tenía los ojos desorbitados y botaba espuma por la boca. Ya no gritaba, sino aullaba, desesperado, al entender que se condenaría eternamente. Los demonios le enrostraban sus escritos, su burla a la religión, y ya le anticipaban la “suerte” que le esperaba apenas expirara: les pertenecía a ellos y habían venido a por él. Su muerte fue horrible, su rostro producía espanto a quienes le miraban. La enfermera que le atendió, se hizo el propósito de nunca jamás volver a asistir a un moribundo ateo, tan horrorizada había quedado ante el macabro espectáculo de tan mala muerte.

Sin embargo, hoy todavía debe haber quienes enaltecen a Voltaire, lo ponen sobre un altar como hombre de letras, librepensador que puso a la sola razón como medida de todo. Deben quedar ingenuos que aún leen sus obras ateas como algo semi sagrado. ¿Conocían el fin que tuvo el desdichado, que murió gritando, suplicando le llevaran un sacerdote católico para confesarse, y así poder evitar el infierno eterno que intuía perfectamente sería su destino tras morir? Esa muerte desesperada, ese intento por renegar en el lecho de agonía de su doctrina atea y de los ataques a la fe y a Jesucristo, le quitan toda autoridad como intelectual válido, y pone de manifiesto el peligro de atacar a Dios, a la Iglesia, la fe sencilla de las gentes. Con Dios no se juega; de Dios nadie se queda riendo. Si no se cree, más vale observar una actitud de respeto ante quienes sí creen. En una de esas, Dios concede a quien así actúa la gracia del arrepentimiento y de la fe, aunque sea en el momento de la agonía… Para no morir como Monsieur Voltaire: desesperado ante la entrada en la eternidad como enemigo de Dios.

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